miércoles, agosto 25, 2010

El Astillero

A veces en la vida hay que seguir adelante, siempre adelante. A veces, casi siempre -y es necesario aclarar que “cada cuál habla de la fiesta según le vaya”-, hay que obviar la verdad y seguir empujando. Aún habiendo visto el final de antemano. Aún conociendo la naturaleza de la farsa. Aún siendo conciente del engaño y la mentira. A veces hay que cerrar los ojos y no escuchar las voces. Hay que acallar la mente, mirar sólo al frente o mirar sólo a los lados. Agarrarse de lo que se pueda. Distraerse con lo que haya a mano. Sexo. Drogas. Trabajo. Sueños. Ambición. Y los sueldos que no llegan. Y una tarde lluviosa sentado en un puerto, mirando al río, empapado por unas gotas diminutas y tibias que traspasan la ropa y se adhieren a la piel, que buscan un alma inexistente y se conforman con el sudor y los humores y la mugre empalagosa. Un hombre fumando un cigarrillo en un país ajeno, tentado a lanzarse al agua helada. Amor. Virtud. Esfuerzo. Familia. dios. Patria. Dinero. La mayor parte de este basto mundo es un infierno y todos los países son ajenos. Los infiernos son distintos los unos de los otros. Hay infiernos quietos, estáticos, en los que el aire casi nunca circula y cuando lo hace lo hace con rabia y violencia y es mejor esconderse. Infiernos del tedio habitados por hombres muertos, sentados en un jardín, acompañados por un perro y un pájaro que canta su indiferencia o su desprecio. Infiernos pequeños pero con distancias larguísimas -inconmensurables- de un punto a otro. La esperanza es la peor enemiga de la sensatez. A veces hay que seguir adelante, empujar y sacar las ganas de vivir de la primer mentira que se atraviese.

[Juan Carlos Onetti]

No hay comentarios: